Luna.

Así te quise ver yo aquella noche, que en su inabarcable traje negro te hace brillar con locura, apoyado frente a ella en la ventana del coche, como una mentira que nadie entiende, luz que posees y proyectas sin ser tuya, que ahí estas siempre presente y nadie perturba, nadie te culpa. Ni que decir tiene que mis palabras son cuanto menos subjetivas, pues de un enamorado nada peor se puede esperar.

Me engrandeces cada tarde cuando en el horizonte te vislumbro, y no hay comparativa alguna en el mundo para describir mi sentir cuando tu luz plata baña mi mejilla, si estoy bien acompañado o solo, si calientas mi hombro en la oscuridad cuando la noche es fría. Eres inmensa y tardía, grande y pequeña también, dulzura y miedo, risueña o tenebrosa, un enigma, pregunta sin respuesta, un sueño en negro, pero nunca te pierdo de vista, porque siempre me sustentas y por supuesto me iluminas.

Brindé por ti más de una, y cante para ti alguna que otra. Lloré a tu frente incomprendido e impotente, siempre tú quien se alzaba ante mi irreverencia. A estas alturas me eres tan necesaria como tierna, tan agradable incluso si te ocultas, y quizá sea por eso, por esa cara oculta que nunca conoceré por lo que aún me aferro a tu imagen, intangible pero omnipresente, que tantas noches me ilumina y me comprende, quien hoy me inspira, me consuela. Siempre tú.

Desde mi ventana.

Hay días y días, hay mil mañanas, de sueño, de verano, y más tardes aún, de novelas, de cuentos, de llamadas que se alargan porque ninguno quiere que termine, algunas noches de más, de esas que también se estiran porque tampoco quieres que se acabe, hay miradas, a veces perdidas, y otras buscando paz, hay fuegos y hay lluvias, hay recuerdos e ideas que me hicieron soñar, textos, palabras, silencios y nada que pensar.

Hay de todo almacenado en esta vista que hoy volví a disfrutar otra mañana, el mejor cuadro que preside mi casa, desde donde como en las antiguas torres vigías de mi tierra se controla el territorio, mi propio refugio a medio camino en mis viajes entre el suelo y la nube, si es que en ella hay más que sentimientos, ahí está una parte de mi alma, es como si viajaran directamente de mi cabeza hacia allí para unirse a los demás, y otras veces son ellos los que vuelven a mí, cuando sucede por casualidad que me acoge uno de todos esos momentos que allí guardados están, incluso los hay que fueron puestos ahí antes de que yo llegara aquí, y nunca ninguno rechisto por más tiempo que pasara sin tomarlo, sin mirarlo, soñarlo, no importó; ni si quiera protesté yo, por no tenerlos, por no sentirlos, o por pensarlos demasiado. Hay cosas que son así, se encuentran porque sí y no hay que buscarlas, solo es y ahi está, ni se puede explicar, es caprichoso, viene y va, como el aire que aquí asomado respiro y que tras ello fluye otra vez.

Un paisaje que se hace emblema cuando evoca los tiempos pasados, sentimientos allí almacenados, los nuevos que se van enlazando y que mueven los que vendrán, ese que a veces simplemente me acompaña dejándome observarlo en silencio, una vista que no importaria que no fuese bonita porque es la mía, pero por suerte sí que lo es, marisma que en vez de sal guarda en cristales mis ideas, como un gran cofre camuflado a la vista, allí están expuestos al mundo al que se ocultan pero que a su vez también sostiene ese vínculo maravilloso.

Somos hipócritas.

Todo aquello en lo que creo condiciona de forma inmediata lo que pienso, y por tanto, marca una linea imaginaria que divide las cosas en dos grupos muy importantes, lo que es verdad, y lo que no. Todo aquello en lo que creo no lo he elegido yo, y por tanto, el criterio no es del todo propio. Aprehender es el verbo que marca la puesta en crisis del método, hacer autocrítica, y su revisión por tanto confiere “personalidad” a quien lo razona y pone otro renovado en práctica.

En cuanto a lo que yo elijo creer es sustancialmente diferente, como ya se planteara Andrea Bertian: “Todos llevamos máscaras, y llega un momento en el que no podemos quitárnosla sin quitarnos nuestra propia piel”, pues dicha conducta asociada es una elección en sí, y aunque no sea una proyección cierta de la persona en cuestión, el tiempo marca el hábito pudiendo éste convertirse a su vez en parte del sujeto.

Somos hipócritas, principalmente con nosotros mismos entonces, y luego ya con los demás en consecuencia, como un simple efecto de acción-reacción. Cuando entramos en ese estado de fingimiento, y por tanto, de mentira, cuando mostramos unos sentimientos contrapuestos a los que sentimos, y decimos que sentimos lo que no sentimos, realmente nos estamos mintiendo a nosotros mismos más que a los demás en esencia, como expresara François de la Rochefoucauld cuando escribió: “Estamos tan acostumbrados a disfrazarnos para los demás que al final nos disfrazamos para nosotros mismos.”

Si bien es cierto que podemos pensar que no es siempre así, ya que mentir en sí no pretende más que ser una mera herramienta para alcanzar un fin, estamos equivocados si pensamos que eso no está condicionado por nuestra creencia, y por nuestro pensamiento. La necesidad del recurso realmente manifiesta la obligación del sujeto a distorsionar la realidad, o sesgarla, aunque sea de manera inconsciente, y eso al tiempo condiciona, como en otro alto porcentaje donde sucede que sí, que es un engaño motivado por no querer asumir una realidad, y nos mentimos aún inconscientemente y por inercia para no tener que hacerlo, y así vender una imagen, aunque falsa, más cómoda de la verdad, como también dijese Voltaire: “Hay quienes sólo utilizan las palabras para disfrazar sus pensamientos.”

No deberíamos cometer el error de pensar en alguien ajeno, extraño, una excepción, cuando hablamos de ser hipócritas, la hipocresía de alguna manera ha calado los huesos de quienes hoy habitamos este planeta, hablo de una sociedad entera cuyo uno de sus valores intrínsecos es la hipocresía. Yo creo que deberíamos pensar en todos nosotros cuando llevamos puesto el mismo puto pantalón pitillo, las niñas con medio culito fuera, el mismo filtro de la foto que está más guapa, contar los “me gusta” y esas cosas que nos definen pero no. Ese mismo pensamiento de vivir el momento porque sí, que es ahora, que ya se me antoja rancio de tanto oírlo y pensar por dentro que ni siquiera saben que han dicho. Ese mismo corte de pelo, y hasta ese mismo bíceps, como escribió Samuel Johnson: “Casi todo el absurdo de nuestra conducta es el resultado de imitar a aquellos a quienes no podemos parecernos.” De habernos vueltos tan espirituales que ahora ya sólo queremos satisfacer nuestro deseo consumista, hipócritas hasta para eso. De felicitarnos por ser esos a quienes nada nos hace falta de verdad, pero es que lo necesitamos. De amarse a uno mismo sobre todo y todos, y valorarse siempre, yo primero, pero no el de verdad, la mentira que vendes. De ser el conflicto entre tus ideas, el atavismo de tus antepasados y el mensaje cultural, ese que es puro flujo de todos y de nadie, que es propio de nuestro tiempo, porque estamos supeditados a nuestra geografía y época, y que en la lista va lo primero. Deberíamos pensar más pues en eso, en nosotros.

Como final en forma de petición, lo que también es cierto es que hay miradas que valen más que mil palabras, y a veces, silencios que valen por todo lo demás, siempre nos quedará la esencia de esas cosas que se escapan a nuestro control, y al suyo, dejémonos llevar por ellas. Somos hipócritas, y tú, tú también, y yo intento ser algo más consciente a mi manera, ya que como dijo el poeta francés Jacques Rigaut: “No olvidéis que yo no puedo verme, que mi papel se limita a ser el que mira el espejo.”

Descubrirte.

No me preguntes porqué ni cómo pero es así. Está ahí. Me sale así. Si pienso en tus labios me los como. Una curiosidad que se hace insaciable, y ganas de ti, que es tanto o más devoradora de mi y de mi propio tiempo cuanto más conozco, cuanto más respondo sobre ti y siento que más aún desconozco, entonces la mente se me pierde.

Es algo así como una tormenta en mi cabeza y me cuesta ser explícito, la duda constante que te mantiene conectado con esa intensidad a veces intermitente, trato de dar vueltas a ver que digo pero no está claro, no veo las ideas con suficiente claridad y sólo me ha quedado escribir. Tan solamente quiero conversar y mostrar que pienso, lo que tengo yo dentro y de alguna manera pretendo plasmar ahora y aquí.

Perdona si te miro fuerte, muy fuerte, tan fuerte que aspiro a traspasar tus ojos para ver tan profundo como sea posible, extraer aquello que hay oculto y desenvolver el misterio que te has vuelto a mis ojos. Disculpa si amenazo con resolver el enigma que escondes pero es que lo necesito, si mis palabras se desparraman e inundan tu mente con la única misión de ahogar tu causa, dejarte libre, sin miedo, sin barreras ni limites para que muestres tu esencia, que bajes tu escudo para que sin armadura y sin ropa luzcas tu verdad más sincera para mi.

Quiero ver, ver tu fondo, ver de que estas hecha, quiero saber que es ya pasarse de la raya y pasarme. Quiero saber hasta donde eres capaz de llegar y que te mueve para luchar, saber como eres cuando no te toca ganar y hay que esperar. Saber como ves la vida, cual es tu plan para conseguir lo que quieres, y saber que es lo que quieres, a que te gusta jugar o sencillamente cual es el color que más te gusta. Siento que mis manos buscan despeñarse por las curvas de tu cuerpo para descubrirlo y conocer su historia, la de cada marca o arruga, perderse o estrellarse para dejar alguna nueva que se una a las demás y forme parte de ti, que ya no te olvides de mi.

Sabes que no importa el tiempo, que eso aquí es lo de menos. Recuerda bien lo que te dije y tenlo presente, espero se te olvide por si me buscas, que vivo en la estratosfera y en mis caídas bajo y me tumbo a descansar un ratito en las nubes, dejo allí mis penas y mis oscuridades para que lluevan y se vayan. Que me seco al sol para en mis ratos libres de alegría y suerte darme un paseo por las estrellas, con mis amigos visitar quizás algún planeta o hacer alguna locura en Neptuno. Vago cual loco errático esperando admirar la belleza de cuantos más y más distintos amaneceres pueda mejor, sin pretender ninguna gran gesta ni lo eterno.

No hay universo tan grande ni tanta es la oscuridad cuando habitamos nuestro refugio, cuando construimos divagando ese nuevo espacio común a nuestras mentes en base a ideas locas, tonterías y sueños vanos. Que no quiero que me busques, quiero que me encuentres, que por casualidad te pierdas y des conmigo. Siempre fue mucho más fácil así, sin mayor compromiso que el del azar, reconocerse por sorpresa en el camino y disfrutar del tramo cuanto dure, perdernos y encontrarnos el uno al otro continuamente, y descubrirnos. Descubrirte.

El árbol y el muro.

Aquella imagen me hizo parar. Me tuve que sentar y observar. Aunque siempre paso por allí ese momento puso a mis ojos la necesidad de detenerme. Había un gran muro, exento ya a cualquier estructura alrededor, perdido en medio del parque. Ante él había un árbol, que lleva allí mucho tiempo también, un árbol perdido como la naturaleza misma marca a su suerte.

El muro yacía marcado ya por el paso del tiempo en sus grietas y desconches, con sus huecos originales bien delimitados aún, y todas sus molduras todavía erguidas. Pese a ello advertí que aquel árbol a causa del tiempo se fue acercando a él según había ido creciendo hasta traspasarlo por algunos de sus huecos, para haber visto también su otro lado, y chocar, pegarse a él hasta atravesarlo incluso en algunas partes y sentir como es por dentro.

Finalmente, el verdín había sellado dichas cicatrices para ser santo y seña de aquella relación ya establecida. Aquellos entes perdidos y tan distintos entre sí, por azar o empeño, se encuentran ahora unidos y se acompañan. Por un momento fantaseé con la idea de que entre ellos se hacían de sustento, y que aquel árbol no había hecho más que suturar al muro aquellas grietas, sus heridas.

Cuestión de necesidad.

Lo necesito, no es que sea una elección banal, más bien es una relación inherente a mi persona. Necesito sol. Necesito ángeles. Necesito mar. Necesito viento. Necesito algo bueno. Necesito el cielo azul. Necesito buenos momentos. Algo bueno, necesito algo bueno. Necesito caminar sin rumbo con la música al máximo para perderme en el flujo de la gente. Necesito tiempo. Necesito a mis amigos. Necesito la brisa. Necesito un milagro. Necesito la banalidad de un día cualquiera en casa. Necesito recordar quién soy. Necesito olvidar quién era. Necesito un café con el viejo. Necesito el ron añejo. Necesito llorar y reír sin tener muy claro que es que. Necesito eso, y aunque esos días parecen tan lejanos cuando quiero ver como de lejos he llegado, recuerdo que entonces yo no había visto ni la mitad de las cosas que he visto, y que ni por asomo pensé que vería. Llegué a convertirme en alguien que no pensaba que llegara a ser, lo que aquel entonces soñaba y quería también. Pero tras tanto camino, y tras tanto cambio, sin querer volví a querer lo mismo que quise ayer, ya ves. Tan lejos y en el mismo sitio otra vez, de nuevo en el mismo punto, siempre volvemos a ser lo que somos. Como ya dijera Walter de la Mare: “Después de todo, ¿Que es cada hombre si no un montón de fantasmas? Robles que fueron bellotas que fueron robles”.